Guillermo de León
Calles
Definir a un margariteño en forma
genérica tal vez no resulte complejo, por cuanto los giros dialectales y el
lenguaje gestual lo ubican rápidamente en un ente vinculado radicalmente con la
espontaneidad y con ganas de lanzar la atarraya de su voz al dominio de los
cuatro vientos, hasta que la respuesta sea otro saludo sonoro, lleno del mismo
colorido y con nobles ganas de aproximarse a la carcajada retumbante. Todos los
rasgos anteriores acreditan la personalidad de un ñero, sin embargo hay
circunstancias en que, como es natural, haya margariteños que corresponden, sin
desmedro de los demás, a un perfil diametralmente distinto.
Las consideraciones anteriores, en
cuanto a la última especificidad señalada, corresponden a un educador
universitario, con doctorado en su universo curricular, de inmensurable valía,
que desde la península de Macanao, no obstante haberse desvinculado de las
aulas formales por imposición de su jubilación, ha proseguido su camino
sacralizado por la vocación docente a través del ejercicio de la crónica, lo cual
se exaltó cuando llegó a ocupar la presidencia de la Asociación Nacional de
Cronistas de Venezuela, propósito que conjugó, a partir de la defensa
gremialista, con sus dotes de hombre prudente, amparado por un concepto natural
de la diplomacia y con un profundo sentido de la responsabilidad, dado por su
misión itinerante signado por los sacrificios.
Siempre acompañado por su comprensiva
Yuya, surcando el mar, tambaleándose entre los Expresos, hasta llegar incluso a
lugares recónditos respecto de la partida inicial de su Isla, hecho que nunca
amilanó su noción del deber y que más bien lo asumió como una carta
ejemplarizante para quienes deciden asumir la responsabilidad de ejercer la
defensa de un determinado gremio, en este caso el que reúne a los resguardadores
de la memoria colectiva de nuestros pueblos. Desde acá, en donde el azul se
confunde con el que protege a su tierra, y sabemos que esto lo suscribirán
cientos de intensiones a lo largo del país, queremos tributarle a Heraclio
Narváez no solo el reconocimiento que pueda confundirse con los que se otorgan
en atención al lugar común, sino el que se manifiesta por medio de la amistad
consecuente y de esa hermandad que rige a quienes estamos comprometidos con el
afecto en nombre de la verdad.

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